El silencio de los malditos, Carlos Pinto

“Un periodista consigue acceder a un peligroso delincuente a quien nadie ha podido entrevistar. En una pequeña sala dentro de la cárcel, el recluso inicia un relato que, más que una confesión, es un viaje sin retorno a los inescrutables dominios de una mente criminal. Es la historia de un hombre que ha cometido un horrendo asesinato sin justificación alguna, pero que devela una vida de privaciones, dolor y venganza.”

Por Jeff Figueroa

En el capítulo I llamado «El comienzo de la verdad» Pinto describe los momentos previos a la entrevista donde ocurre algo poco usual para el periodista.

– ¿Puedo pasar con mi gente?

– De eso se trata, el interno cambió de parecer – mencionó con frialdad.

– ¿No me diga que no quiere dar la entrevista?

– No exactamente

¿Y entonces? – pregunté más tranquilo.

– No quiere cámaras, ni de televisión ni de otro tipo.

Y entonces la entrevista tuvo que ser en un lugar neutro sin cámaras ni aparatos de grabación como lo había solicitado el reo. El lugar estaba siendo custodiado por un gendarme por si ocurría algún acontecimiento violento.

– ¿Qué tal si le dijera que todo lo que ha aparecido en los diarios y la tele no es lo que sucedió realmente? O, dicho de otra manera, lo que aconteció es todo lo contrario.

Con esta pregunta que más bien parece una afirmación, el entrevistador Carlos Pinto solo tomó una posición de prestarle atención. Por alguna razón, este reo quería contar su verdad y desmentir lo que se decía en los medios de comunicación oficiales. 

A medida que se avanza en la lectura se van entrelazando historias con distintos personajes que cumplen un rol fundamental en la historia de este asesino.

Carlos Pinto es un periodista, realizador, guionista y presentador de TV. Tras sus inicios como reportero en programas de noticias en canal 11, formó parte de Informe Especial en TVN. En 1993 creó Mea Culpa, uno de los espacios más vistos de la televisión chilena y que estuvo al aire durante catorce años. En 1999 dio vida a otro éxito: El día menos pensado, programa sobre historias paranormales. También es el responsable de Gracias a la vida, El cuento del tío, El aval y más recientemente, de la serie de telefilmes Irreversibles. A lo largo de su trayectoria ha destacado por su insigne capacidad narrativa, la misma que hoy lo ha llevado a escribir su primera novela.

«Es la historia de un hombre que ha cometido un horrendo asesinato sin justificación alguna, pero que devela una vida de privaciones, dolor y venganza.»

El contexto de esta historia se da en el marco ideológico de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética donde Chile no queda excluido. Gabriel González Videla había sido elegido para dirigir los destinos de Chile entre 1946 y 1952. Las fuerzas de izquierdas – socialistas y comunistas – comenzaron a ejercer una seguidilla de presiones y exigencias hacia el que consideraban sería su gobierno, que rompería relaciones con Estados Unidos. Videla, tal como las aguas que recuperan su cauce natural, olvidó los acuerdos y borró con el codo lo que tiempo atrás había firmado con puño y letra.

LEY DE DEFENSA DE LA DEMOCRACIA DECLARA AL PARTIDO COMUNISTA COMO UNA ASOCIACIÓN ILÍCTA.

En el capítulo II «Los años de la inocencia»  Carlos Pinto relata los años en que nuestro protagonista era un niño y el contexto que lo envolvía. Situado en barrio Estación, aquella época de precariedad, vagabundaje, prostitución e insalubridad se desarrolla la personalidad de Eugenio Loyola, hermano menor de Vladimir y Manuel e hijo de René Loyola, el «El lucho de las cajas» – comprometido activista de izquierda al que llamaban así porque confeccionaba cajas de cartón semi artesanales para el calzado – René era un acucioso lector de Marx.

El Tejo Pasado cobijaba a los amigos, camaradas y compañeros que decidían una última parada antes de llegar a casa. Cuando Loyola padre estaba pasado de copas, su hijo menor tenía la misión de ir a buscarlo y llevarlo a casa. Esta era su rutina y parte esencial de su niñez.

Una tarde cualquiera René Loyola dormía siesta, su mujer había ido a recoger a los niños a la escuela, en tanto que Eugenio, en la calle de tierra jugando con un trompo. Este es el punto crucial que cristaliza toda vida de una persona, pues diría que en este caso en particular comienza a gestarse un odio interno hacia una sociedad que lo traiciona y lo excluye. 

Tres tipos vestidos con terno, camisa blanca  de cuello ancho y corbata se acercaron a Eugenio para preguntarle si conocían a René Loyola.

– !Lo hice, lo hice!

– Oye cabro – insistió el agente que se sacó el sombrero para alivianar la estampa negativa y darle más confianza a su interlocutor – ¿Vive por aquí René Loyola?

Solo en la ingenuidad Eugenio entregó a su padre a estos tipos obviando claramente la real intención de ellos. Sin embargo, Eugenio adquirió de pronto juicio de adulto e intuyó – como lo pronosticaron las vecinas – que algo malo podría pasar. Ante el peso de sus conclusiones, no tardó mucho en reaccionar y corrió hacia la puerta de su casa gritando:

– !Papá!, !papá!

El vehículo emprendió la marcha y Eugenio, sin dejar de correr, extendía los brazos con sus manos abiertas, imaginando que podrían alargarse en el intento de alcanzar a su padre. René giró su cabeza y le dio una última mirada a su hijo a través del vidrio trasero del Studebaker.

Con esa mirada de su padre se desprende del afecto y comienza una etapa triste, de penurias y falta de una figura paterna. El pequeño Eugenio se sentaba todas las tardes delante de su casa a esperar a su padre, y muchas veces corrió en vano a su encuentro, porque a la distancia lo confundía con algún transeúnte. 

No tardó en convertirse en un avezado ladrón, aprendió a darle la mano al frío y durmió bajo los puentes. Eugenio Loyola Valenzuela se transformó sin darse cuenta, en ciudadano frecuente de los recintos penales de Santiago.

Pareciera ser que en toda historia criminal que Carlos Pinto ha expuesto en programa de televisión Mea culpa incluida esta novela existe un común denominador que es la falta de cariño y afecto.

En los siguientes capítulos ya es una narrativa de una serie de acontecimientos delictuales que no necesito describir debido que dejo la invitación a leer esta novela. Solo quiero ahondar en las causas del por qué un niño se convierte en un delincuente y asesino. En lo personal, y con toda la evidencia expuesta en esta obra más los episodios del programa Mea culpa me atrevo a decir que el común denominador es la falta de cariño que guían otras variables también importantes como son el respeto, la admiración, la solidaridad, la empatía, y tantos otros valores. 

Las condiciones moldean a los seres humanos, pero no son decisorias, es decir, cada persona tiene la capacidad de cambiarlas si lo desean y se esfuerzan por ella. Sin embargo, como sociedad hemos mejorado muchísimo estas condiciones, pero nos queda una largo camino por recorrer. 

Las condiciones en materia de salud, educación y oportunidades de proyección a mejores estándares de vida son lo que debemos poner énfasis. De lo contrario, se produce desigualdad e inequidad. 

¿Acaso tendríamos una mejor sociedad  si pudiésemos poner énfasis en lo justo? ¿Cuál será el virus  que no hemos erradicado como sociedad?.

Esta es una invitación a la lectura de esta magistral obra de Carlos Pinto El silencio de los malditos para entender que a veces los monstruos se crean.

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